Rosa. Nuestra Rosa. Si, ella... tambien es tela chunga:
Mi vecina, la de arriba, vende toldos.
Tira las colillas encendidas al mío para quemármelo y que lo cambie.
Como no tengo pasta tapo los agujeros con mimo y papel celofán. Cada uno de un color.
Es a medio día cuando se produce el milagro: El sol incide directamente sobre mi toldo y refleja una luz cual grandioso rosetón de grandiosa catedral.
¿Cómo quiere mi vecina que lo cambie, si es entonces cuando veo a dios y me olvido de todo mal?
El del ático es cirujano plástico,
¿Por qué cada vez que subo con él en el ascensor siento con intensidad su deseo de convertirme en plástico?.
“¿Tan mal estoy?”- me pregunto.
Ya en casa, tiendo la lavadora, me deprimo, me perturbo.
“Ni caso guapa, sólo es deformación profesional” – me respondo mientras me masturbo.
El del tercero, es peludo.
Más que un oso.
Sale a pasear en pantalón corto de deporte, camisa planchada y abierta de par en par.
El otro día cuando paso por mi lado se le cayó del matojo de pelos del pecho el mando a distancia del televisor.
Pensé: “Igual este hombre llevaba días buscándolo, y mira, ¿ves?, las cosas se encuentran cuando las dejas de buscar”.
Por qué ya no harán motos con sidecar???.
La del primero tiende la ropa con pinzas emparejadas.
Una braga: dos pinzas rosas.
Un pantalón: dos pinzas azules.
Un trapito: una pinza blanca.
Otro: otra.
El lunes, me percaté que llevaba puesto un calcetín de cada color.
“Angelines, mírate los pies!!!” – le dije sin preocupación.
Entró en crisis.
Tuve que darle el orfidal que tan a gusto estaba chupando en ese momento.
“No te creas que es altruismo, o que me apetece”- le dije.
“No. Es que si no luego, dios no se me aparece”.